Corpus Christi en Cusco

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Sin forzar mucha la imaginación, nosotros a inicios del siglo XXI, podemos transmitir, quizá con menos talento literario, la misma sensación que provocó  en el poeta el color festivo del Ande y la santidad cristiana del Señor, en una ceremonia instaurada por el Virrey Francisco de Toledo en 1572.
Desde entonces, en todo el país se celebra esta fiesta sacramental del cuerpo y de la sangre de Cristo, pero en ningún lugar como en el Cusco se siente una fuerza de contrastes tan notoria, aderezada por la majestuosidad de la ciudad imperial. Y es que la celebración cristiana por antonomasia cobra allí carácter popular, y en ese tráfago de gente y costumbres, la mística, la música autóctona y la reciprocidad andina se funden en una sola masa de vida y trascendencia espiritual.
Muchas veces nos hemos preguntado cómo habría sido la celebración cusqueña en tiempos del Virreynato, y sin duda podemos concordar que fueron fiestas de mayor importancia religiosa. Una firma visual de conocer algo de ese trance ritual, es mediante una pintura anónima de la época en que, como una antesala de toda ceremonia, se muestra una gran plataforma que a manera de escenario constituye la base del altar, sobre ella Cristo y los apóstoles, figuras vestidas de tamaño natural, que solían tener ojos de vidrio y cabellos verdaderos, protagonizan el pasaje evangélico de la Ultima Cena.

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